Cuando Camilo, mi hijo menor, era chiquito yo le cantaba canciones antes de ir a dormir. Muchas eran meras improvisaciones, otras eran canciones que había escuchado yo misma siendo una niña y estando en la cama pronta a dormir. Con el desparpajo y la tierna prepotencia que caracteriza a lxs seres humanxs a esa edad, me exigió una canción que hablara sobre un pez. Así que yo obedecí de inmediato y comencé a balbucear un ostinato de acordes y alguna melodía con palabras que iban llegando. Así, mi memoria trajo una vieja poesía que mi abuela me leía y cuyos versos -jirones traídos por la marea invisible de la mente- se iban acomodando sobre la melodía improvisada. Al día siguiente, busqué la poesía en Internet usando como herramienta el primer verso (que creía haber conservado) y dos palabras cuyo significante había quedado grabado en mi oído justamente en virtud de la falta de significado que los rellenase entonces: quimera y filigrana eran dos preciosos sonidos vacíos de significación ...
Versos, poemas y otras músicas.