Cuando Camilo, mi hijo menor, era chiquito yo le cantaba canciones antes de ir a dormir. Muchas eran meras improvisaciones, otras eran canciones que había escuchado yo misma siendo una niña y estando en la cama pronta a dormir.
Con el desparpajo y la tierna prepotencia que caracteriza a lxs seres humanxs a esa edad, me exigió una canción que hablara sobre un pez. Así que yo obedecí de inmediato y comencé a balbucear un ostinato de acordes y alguna melodía con palabras que iban llegando. Así, mi memoria trajo una vieja poesía que mi abuela me leía y cuyos versos -jirones traídos por la marea invisible de la mente- se iban acomodando sobre la melodía improvisada.
Al día siguiente, busqué la poesía en Internet usando como herramienta el primer verso (que creía haber conservado) y dos palabras cuyo significante había quedado grabado en mi oído justamente en virtud de la falta de significado que los rellenase entonces: quimera y filigrana eran dos preciosos sonidos vacíos de significación que aún ahora (ya repuesta su función referencial) me evocan los colores de las páginas del libro y, acaso, la voz de mi abuela.
La poesía en cuestión se llama El pez y la luna y pertenece al escritor argentino Antonio Requeni.
Dejo aquí la versión condensada y fijada, lejos ya de los primeros balbuceos imperiosos de aquella noche, aunque hija indiscutible de aquéllos.
Y un collage de un pez, porque la redundancia es un placer.
https://www.youtube.com/watch?v=qAWfuE6G8U0

Comentarios
Publicar un comentario